La filosofía llega al límite de tener que aceptar que nada tiene sentido, que la existencia es un caótico amasijo de materia aleatoria y casual. Y en un íntimo rechazo a esa cruda verdad, el deseo de un sentido se insinúa entre las desbordantes emociones de los desdenes cotidianos. Y la joven y honesta ciencia deja puertas y ventanas entreabiertas para no impedir el flujo natural de lo que, con la forma humana de mil interrogantes, será quizás, algún día, el futuro de la humanidad.
Muchos han depositado su necesidad de sentido en estructuras populares que además parecen saciar el ansia de complicidad y pertenencia sociales. Otros han proyectado sus deseos –cual dueño de una mascota, que interpretando las emociones de ésta, la convierte en un vehículo para las suyas propias– modelando ideas ya universales a su imagen y semejanza.
Y finalmente, unos pocos escépticos han comprobado que la falta de sentido coincide con un patrón sensorial humano, y sea o no casualidad, sigue coincidiendo. Como si algo desconocido e indefinible que precisamente por tales características, no puede existir, llamara a gritos a algo que yace en nuestro interior, algo que ha escapado de la consciencia y sus racionalidades. Algo que en principio, no existe.
Pero es precisamente la lógica consciente la que nos invita a prestar atención a aquello que, aunque desconocido e indefinible, se repite una y otra vez. Entonces uno teme caer en la superstición, uno cree que está perdiendo facultades, que su mente, fuerte y racional, se debilita, cayendo sobre la misma muleta existencial que siempre ha refutado: la fe.
Pero antes de eso, uno ha descartado ya mil y una coincidencias por tratarse tan solo de eso: coincidencias puras y casuales, con una explicación racional, pero desconocida e indefinible. Una y otra vez, todas menospreciadas por la seguridad de nuestro raciocinio que, mudo ante éstas, anda blandiendo el discurso de la casualidad y la explicación racional como una suerte de fe científica, pero inexplicable: “Seguro que hay una explicación perfectamente racional”, seguro.
Y los años pasan, y los patrones imposibles se repiten, una y otra vez, y los acontecimientos se acumulan y se superponen unos y otros, salvajes y fuera del alcance de la consciencia, sobre estructuras extrañas e incomprensibles.
Entonces uno estudia los símbolos universales que han servido de balizas para lo que muchos han llamado “los caminos del alma”; ese esoterismo popular, tan distante como próximo a muchas religiones, cuyos misterios esconden otros misterios que pueden o no, conducir a una especie de iluminación: inalcanzable para unos, definida, explicable y comprensible para otros.
Así pues, esa no puede ser la respuesta, tan solo la sugerencia de una posibilidad, que vislumbrada sobre unos mapas bien delimitados, muestran el camino de algo concreto a seguir.
Y buscando, uno se encuentra con una mitología que no da falsas esperanzas a la humanidad, y que de hecho, la condena a una perdición sin esperanza alguna, mediante un caos inaceptable, inconmensurable y desalentador ¡Cuanta realidad! …y el terror cósmico que Lovecraft decoró cual árbol de navidad, se alza de entre sus líneas, imponente ante las mediocres realidades de las religiones populares, capotando el cielo con su negrura original, anterior a todo cuanto la humanidad conoció jamás.
Y uno escarba, ansioso, encontrando antiguas civilizaciones cuya forma de entender el mundo muestra una realidad que bien podría haber perdurado, alternativa, ajena al entendimiento de nuestra realidad actual. Civilizaciones con culturas desarrolladas y aisladas que aparecieron y desaparecieron, fugazmente, dejando exóticos rastros de esencias desconocidas, en parte incomprensibles, y en consecuencia, en parte imposibles. Esencias incompatibles incluso con sus propias culturas, impregnadas éstas de ese conflicto de realidades tan alejado al funcionamiento habitual humano. Y es en ese conflicto entre una civilización humana y ese algo tan extraño a ésta, que se encuentran esas lagunas, esos vacíos, esos misterios cuyas formas no coinciden con ninguna de las piezas que nos faltan del rompecabezas de la existencia.
Tales lagunas nos enseñan que algo enorme que no llegamos a comprender, murió en nuestro universo, pasando a formar parte de éste, y en consecuencia, de nosotros mismos, de nuestra naturaleza.
¿Será cierto?
El misterio debe quedar sin resolver, sin ser parametrado por nuestras controladoras y castradoras mentes, sin ser comprendido jamás, pues solo así puede ser percibido por nuestros más refinados, delicados y sutiles sentidos, viviendo para nosotros a través de ellos; muerto pero soñando.
Ni falta hace sacar conclusiones, con no negar, basta, con dejar puertas y ventanas entreabiertas, basta y sobra para que los susurros de una verdad insoportable, indefinible e inclasificable, se transporten inaudibles, naturalmente, entre las brisas nocturnas que acarician el alma. Una verdad sin traducción humana. Una verdad que no comparte nuestros parámetros de realidad. Quizás la única verdad.
* “Aquel que no tiene nombre” en sumerio



