Por Sangue Shi
Viene de Parte I, Parte II y Parte III
Este texto nace de la necesidad de ordenar, comprender y comunicar una vivencia compleja sin traicionarla. Recoge de forma exhaustiva todo lo trabajado en este proceso: las preguntas iniciales que me llevaron a investigar, las fuentes consultadas, las respuestas conceptuales contrastadas, las hipótesis que fui formulando a partir de mi experiencia directa y, finalmente, la síntesis que cristaliza en un modelo comprensivo de sexualidad ACE integrada, vivida a través de una práctica de autoerotismo consciente en el marco de Shikantaza. El propósito no es normativo, diagnóstico ni identitario. Es estrictamente descriptivo, clarificador y humanista: poner palabras precisas a una experiencia para poder compartirla sin simplificarla ni distorsionarla.
El punto de partida fue una pregunta clara y técnicamente bien formulada, que surgió de una observación honesta de mi propia vivencia: «¿existen fuentes dentro del mundo ACE que hablen de personas que, teniendo libido o excitación, prefieran autocomplacerse en lugar de mantener relaciones sexuales con otras personas? ¿Existe algún término que nombre esta realidad?» En esa pregunta ya estaban contenidos varios ejes fundamentales: la presencia de libido, la preferencia por la autocomplacencia, la irrelevancia —o ausencia— del sexo interpersonal y la necesidad de un marco conceptual que permitiera pensar todo ello sin patologizarlo.
La investigación inicial permitió establecer una distinción clave que resultó decisiva: la asexualidad no equivale a ausencia de libido. La literatura especializada define la
asexualidad, ante todo, como la ausencia de atracción sexual hacia otras personas, no como la inexistencia de excitación corporal o respuesta fisiológica. A partir de ahí, emergieron varios conceptos relevantes. Por un lado, la noción de asexualidad con libido, que describe a personas que no sienten atracción sexual hacia otros individuos, pero sí experimentan deseo corporal, excitación o impulso sexual, el cual suele canalizarse mediante masturbación, fantasías o formas de sexualidad no interpersonal. Por otro lado, aparece el concepto de auto-sexualidad, definido académicamente como atracción sexual dirigida hacia uno mismo, sin que ello implique necesariamente narcisismo ni patología. Desde el inicio tuve claro que se trata de un término formal y orientativo, útil en algunos casos, pero no universalmente aplicable ni equivalente a la asexualidad. En los espacios comunitarios ACE, además, se utilizan expresiones como libido ace o solo-sex para describir prácticas sexuales auto-dirigidas sin deseo sexual hacia otras personas.
Las fuentes consultadas —entre ellas The Invisible Orientation de Julie Sondra Decker, los trabajos de Prause, Graham y Williams, los estudios de Anthony F. Bogaert, así como los debates en AVEN y en comunidades como r/asexuality— coinciden en un punto esencial: la masturbación y la excitación corporal no invalidan ni contradicen la identidad asexual. Esta constatación permitió desactivar uno de los prejuicios más persistentes: la idea de que el deseo corporal obliga necesariamente a una orientación sexual interpersonal.
Con estos elementos se construyó un cuadro comparativo entre asexualidad con libido, auto-sexualidad y solo-sex, distinguiendo definiciones, ejemplos de conducta y referencias teóricas:

La conclusión fue clara: no existe un único término universalmente válido, y la utilidad de cada etiqueta depende exclusivamente de su capacidad explicativa, no de su prestigio conceptual.
El verdadero giro del análisis se produjo cuando introduje mi propia experiencia de forma explícita. No se trató de un descubrimiento repentino, sino de un reconocimiento progresivo de mi identidad ACE, acompañado de un proceso intenso de reconciliación con la sexualidad desde la práctica Zen. El placer comenzó a integrarse en Shikantaza no como objetivo ni como problema, sino como fenómeno. Aparecía sin control, sin juicio moral y sin instrumentalización. El sexo dejó de funcionar como meta, identidad o carencia; se volvió simplemente algo que podía acontecer o no.

En este punto rechacé de manera explícita el uso del término auto-sexualidad como orientación. No experimento atracción sexual hacia mí mismo, ni encuentro sentido en conceptualizar mi vivencia en esos términos. Tampoco siento atracción por el acto sexual en sí mismo. Esto invalida, en mi caso, el uso de la auto-sexualidad como categoría identitaria. Lo que sí puede aparecer, de forma ocasional, son respuestas corporales ante determinadas personas. Las interpreto como reacciones biológicas y condicionales, no como deseo sostenido ni como impulso que genere búsqueda necesaria de sexo. No organizan mi conducta ni mi vida.
Por ello me describo como asexual flexible. He tenido relaciones sexuales en el pasado y podría tenerlas en determinadas circunstancias, pero actualmente la idea me resulta indiferente o no urgente. No hay rechazo, trauma ni conflicto; simplemente no hay centralidad. Desde un punto de vista integrador, resulta crucial distinguir entre auto- sexualidad orientativa —atracción sexual hacia uno mismo, que no se aplica a mi caso— y auto-sexualidad práctica, entendida como ejercicio de la sexualidad sobre uno mismo sin atracción. En este segundo sentido, mi experiencia encaja plenamente. Funcionalmente, el modelo se resume así: asexualidad con libido no dirigida, práctica de solo-sex y asexualidad flexible como orientación no conflictiva.
La dimensión Zen, como ya vimos, introduce un elemento decisivo que disuelve muchas de estas categorías. En Shikantaza, la observación es sin juicio; el placer no se busca ni se evita; el sexo aparece como fenómeno y no como identidad. En este marco, la sexualidad se vuelve integrada, no compulsiva, no reactiva y no narrativa. No hay una historia que contar sobre ella; simplemente sucede o no sucede.
Este proceso puede representarse mediante este mapa conceptual, en cuya intersección central se sitúa lo que denomino Sexualidad ACE Integrada:

La conclusión es clara: mi experiencia no solo encaja en el marco ACE, sino que lo amplía. Muestra que la libido puede existir sin deseo, que el placer puede manifestarse sin objeto y que la sexualidad puede vivirse sin una identidad sexual rígida. Las etiquetas cumplen aquí una función lingüística y explicativa, no identitaria. En última instancia, la cuestión no es a quién se desea, sino cómo se está presente. Y es precisamente ahí donde la sexualidad deja de ser un problema y se revela, sencillamente, como una forma más de la vida sintiéndose a sí misma.



