Satanic panic, caza de brujas y fanatismo en Valencia, más vivos que nunca

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Por María del Valle, presidenta del Colectivo Coven

En los años 80 y 90, especialmente en Estados Unidos, el fenómeno conocido como Satanic Panic reprodujo dinámicas que, lejos de ser nuevas, ya habían aparecido siglos atrás bajo otras formas. Adaptado a la cultura contemporánea, este pánico moral dio lugar a la difusión de teorías absurdas sobre supuestas redes satánicas infiltradas en guarderías, en la música, en juegos de rol o incluso en dibujos animados. Sin pruebas reales, miles de personas fueron acusadas, investigadas y condenadas socialmente.

En este contexto, la ignorancia no operaba sola: se combinaba con el sensacionalismo mediático, el fundamentalismo religioso y una desinformación masiva que amplificaba el miedo. El fanatismo hizo el resto. Cualquier negación era interpretada como prueba de culpabilidad, cerrando así un círculo perfecto en el que la realidad dejaba de tener importancia.

Si lo observamos sin romanticismo, estos fenómenos no hablan de brujas ni de satanistas reales, sino de sociedades incapaces de gestionar el miedo y la diferencia. Son advertencias históricas claras: cuando el pensamiento crítico desaparece, la ignorancia se convierte en violencia legitimada; cuando el fanatismo toma el control, la realidad deja de importar. Y lo más inquietante es que estos mecanismos no han desaparecido: solo han cambiado de forma, de lenguaje y de objetivo.

La llamada caza de brujas es, en este sentido, uno de los ejemplos más claros de ignorancia institucionalizada. Entre los siglos XV y XVII, especialmente en Europa, procesos alimentados por textos como el Malleus Maleficarum no surgieron de pruebas reales de brujería, sino de una cosmovisión profundamente supersticiosa y rígida. La incapacidad de explicar fenómenos naturales —enfermedades, malas cosechas, muertes súbitas— llevó a buscar culpables humanos.

Se confundía lo desconocido con lo maligno. Se interpretaba cualquier desviación como amenaza. Se validaban creencias sin evidencia, reforzadas por autoridades religiosas y políticas. En ese contexto, el fanatismo actuaba como catalizador: una vez instalada la idea de un enemigo invisible, cualquier señal se convertía en prueba. La lógica desaparecía y era sustituida por una paranoia colectiva.

Un ejemplo paradigmático de ello son los Juicios de Salem, donde acusaciones sin fundamento, rumores y tensiones sociales acabaron en ejecuciones. Nadie necesitaba pruebas sólidas: bastaba con el miedo compartido.

El mecanismo que subyace a todos estos episodios es profundamente humano y, precisamente por eso, peligroso. Tanto en la caza de brujas como en el pánico satánico se repite un patrón constante: momentos de incertidumbre o crisis, una necesidad urgente de control, la creación de un enemigo simbólico y la validación grupal del delirio. La ignorancia no es solo falta de conocimiento, sino también un rechazo activo a cuestionar creencias; el fanatismo, por su parte, convierte esas creencias en verdades absolutas e incuestionables.

Y, sin embargo, no es necesario remontarse siglos atrás para encontrar ejemplos de estas dinámicas. Casos como el de los denominados “tres de West Memphis”, los West Memphis Three, evidencian hasta qué punto el prejuicio puede sustituir a la realidad. Tres jóvenes fueron señalados, detenidos y estigmatizados por algo tan banal como su estética y sus intereses: llevar el pelo largo, vestir camisetas de Metallica o leer a Aleister Crowley. Damien Echols, con apenas 18 años, pasó años en el corredor de la muerte por un crimen que no cometió. Hoy es el mago del caos más importante del mundo y referencia absoluta para Coven.

No hubo pruebas. No hubo hechos sólidos. Pero sí hubo prejuicio, ignorancia y una necesidad urgente de encontrar culpables que encajaran en un relato previamente construido. Cuando una sociedad decide de antemano qué aspecto tiene el peligro, cualquier persona que encaje mínimamente en esa imagen puede convertirse en objetivo. No importa lo que haga, sino lo que representa para quienes necesitan un enemigo.

Desde esta perspectiva, lo ocurrido con la cancelación de Coven Blasfemia —un evento cultural que incluía presentación de libro, actuaciones y conciertos— no puede entenderse como un hecho aislado. Es, más bien, una reformulación contemporánea de ese mismo impulso histórico: señalar, presionar y silenciar aquello que incomoda a determinadas sensibilidades o creencias.

Hoy no hacen falta tribunales ni hogueras. Existen otras herramientas: campañas de acoso en redes, boicots organizados, presión social o institucional y la construcción de relatos distorsionados. Sin embargo, el mecanismo es el mismo que operaba en los Juicios de Salem o durante el Satanic Panic: no se responde a hechos reales, sino a percepciones infladas, prejuicios y miedo a lo simbólico.

Aquí la ignorancia adopta una forma más sofisticada. No es solo no saber, sino negarse a comprender el contexto cultural, artístico o espiritual de aquello que se critica. Todo se reduce a una caricatura fácilmente atacable (si hubieran entrado a la presentación del libro, tal y como se les invitó a entrar para que pudieran ver que lo que se iba a hacer era cultura, show, arte y música, hubieran llevado información rigurosa. No hay peor ciego que el que no quiere ver). El fanatismo, una vez más, actúa como motor: convierte la incomodidad en indignación moral, transforma la diferencia en amenaza y legitima la censura bajo la apariencia de una defensa de valores. Y lo peor de todo la cantidad de jóvenes que teniendo toda la información a golpe de click optan por no leer o informarse y ser arengados por personas con una red social y un micrófono tan poco informados como ellos.

El problema, en el fondo, nunca fue la brujería, ni el satanismo, ni propuestas culturales como Coven Blasfemia. El problema es la incapacidad de convivir con lo distinto sin convertirlo en enemigo. Y cuando una sociedad permite que el ruido, la desinformación y el fanatismo dicten qué puede existir y qué no, no está protegiendo valores: está repitiendo, con otras formas, los mismos errores que durante siglos justificaron la persecución.

Las consecuencias de estas dinámicas van mucho más allá de un evento concreto. Cuando prosperan, no solo se cancela una propuesta cultural: se erosiona la libertad de expresión, la creación artística y la posibilidad misma de explorar lo simbólico sin miedo. El temor a la reacción genera autocensura, y cuando esta se normaliza, ya no es necesario prohibir: las personas dejan de crear, de cuestionar, de pensar.

No es casual que el arte sea uno de los primeros objetivos. Es precisamente el espacio donde se exploran los límites, donde se cuestiona lo establecido y donde se amplían las posibilidades de pensamiento. Silenciarlo es, en última instancia, una forma de limitar la imaginación y el cuestionamiento.

Ante esto, surge una pregunta inevitable: ¿hemos retrocedido siglos, o es que nunca habíamos avanzado tanto como creíamos? Tal vez el progreso no sea una línea continua, sino una construcción frágil que requiere ser defendida constantemente. Porque cada vez que el fanatismo se impone al pensamiento crítico, y cada vez que la ignorancia se convierte en argumento, lo que está en juego no es una propuesta concreta, sino el espacio mismo en el que una sociedad puede pensar, crear y existir en libertad.

Y entonces la cuestión deja de ser histórica o teórica para volverse profundamente personal. ¿Qué será lo siguiente? ¿Libros, cine, arte, revistas como esta? ¿Personas por su forma de pensar, de sentir o de vivir? No estamos tan lejos de eso como nos gustaría creer y no estamos a salvo.

Y lo más inquietante es reconocer una sensación íntima, casi infantil, pero profundamente real: vuelvo a sentir que soy la niña de 5 años que tenía que pedir perdón por pensar o sentir diferente.

Mi esperanza son mis hijos, que siendo menores que los que ahí estaban tuvieron la capacidad de entender que lo que pasaba era un absurdo, a lo que les respondí “no seáis nunca unos ignorantes, estudiad, leed mucho, porque os hará libres y no manipulables y sobretodo no seáis soberbios y sed siempre respetuosos”, su respuesta: “Claro mamá siempre”.

Aún estamos en shock, pero seguiremos trabajando para crear espacios donde se fomente la información, la cultura, el arte, el debate y la libertad de pensamiento, la libertad de expresión frente a cualquier intento de censura, la posibilidad de pensar y sentir sin miedo y el pensamiento crítico como pilares fundamentales de una sociedad libre.

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