DEL PÁNICO SÁTANICO A LOS ARCHIVOS DE EPSTIEN: CUANDO EL SATANISMO SE CONVIERTE EN BULO

Crédito: Warner Bros. Pictures

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No hace tanto tiempo que las brujas eran quemadas en la hoguera por las hordas inquisitoriales, acusadas de pactar con el demonio, de realizar rituales nocturnos, de maldecir cosechas y ganado, y de despertar la sospecha permanente del vecino de al lado.
Los interrogatorios de la Inquisición describían cómo estas supuestas brujas sellaban un pacto con “Satanás”, cómo tras besarle el trasero —el llamado Beso Negro— se entregaban a orgías de cuerpos desnudos, consumo de drogas y algún que otro vuelo nocturno. Por supuesto, estos relatos surgían bajo la tortura a la que eran sometidas. En la película Los fantasmas de Goya, el padre de la protagonista muestra cómo, en tales condiciones, cualquiera es capaz de confesar lo que sea con tal de poner fin a su tormento. A ello se sumaba la falta de escepticismo de parte del clero y la credulidad de un pueblo desesperado por encontrar justicia en medio de tanta miseria.

Algo similar ocurrió no hace tanto. Corrían los años setenta del siglo XX cuando, en Estados Unidos, estalló una auténtica tormenta moral: cientos de personas afirmaban haber sido obligadas a participar en rituales satánicos. Los medios amplificaron estas historias y las acusaciones de satanismo, abusos sexuales y explotación infantil se propagaron como la pólvora. En el centro de la diana se situaron el rock, el heavy metal y, por supuesto, los juegos de rol, supuestamente responsables de inculcar valores nocivos y de introducir a los jóvenes en el esoterismo, la magia negra y rituales infames.

Tuvieron que pasar años para demostrar que aquellas acusaciones eran falsas, que muchos de esos relatos habían sido inducidos por supuestos terapeutas mediante sesiones de hipnosis, y que esos recuerdos no eran reales, sino construcciones implantadas en un clima de sugestión y pánico colectivo.

Más recientemente, salieron a la luz los famosos archivos de Epstein: más de tres millones de folios y miles de pruebas materiales, entre ellas vídeos y fotografías. En ellos aparecen conexiones con figuras de la élite política, económica y académica.
Pero la cosa no terminó ahí. Paralelamente, han proliferado en internet cientos de teorías de la conspiración que aseguran que las reuniones en la isla de Epstein incluían canibalismo y rituales satánicos, además de la ya conocida explotación sexual de menores.

Estas teorías han servido como caballo de Troya para alimentar la idea de una élite mundial oscura que celebraría orgías, se entregaría a impulsos sexuales perversos y consumiría carne humana en nombre del mismísimo Baphomet. Para reforzar tales afirmaciones, algunos medios han recurrido incluso a la célebre escena de Eyes Wide Shut, de Kubrick, en la que una élite enmascarada participa en ceremonias impías.

Lo cierto es que sabemos muy poco de todo esto. Lo único comprobado son las actividades delictivas de Jeffrey Epstein. Sobre rituales satánicos o consumo de carne humana en la isla, no existe evidencia sólida.
Algunos medios han difundido el vídeo de Gabriela Rico Jiménez, en el que la joven grita que “han comido carne humana”. Sin embargo, el vídeo es de 2009 y no tiene relación alguna con Epstein. De hecho, en los tres millones de documentos no aparece su nombre ni existe vínculo entre ambos sucesos.

Parece que el miedo vuelve a apoderarse de nuestra alma. Cuando descubrimos que en el mundo ocurren actos atroces, nos incomoda pensar que puedan formar parte de nuestra propia naturaleza, de la zona más oscura del ser humano. Y así, atribuimos estas acciones al mismísimo Satán, incapaces de aceptar que nosotros mismos, como especie, somos quienes podemos llegar a cometer semejantes barbaridades.

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