Por Julio Calero
El objetivo de la magia negra es la gratificación del ego, esa parte constituyente de nosotros mismos que representa la faceta más noble del ser humano, pero que ha sido vilipendiada y denigrada por la mayor parte de las religiones de la impotencia.
Cierto, el ego es finito. El ego se desintegra con la muerte. Esa atroz verdad ha condicionado, desde el pavor, una estrategia de supervivencia pergeñada, en última instancia, por el propio ego: si lo depuramos del pecado, el ego, transmutado en alma, será capaz de sobrevivir a la misma muerte. El pecado es, por tanto, la parte finita y mortal de nuestra autoconsciencia, la raíz psicofísica que hay que extirpar para prolongar la ilusión del ego más allá de la certeza de su propia aniquilación.
Pero volvamos a la pregunta clave: ¿Qué definimos como pecado? ¿qué parte del individuo hay que depurar, porque la consideramos intrínsecamente vulnerable y transitoria? La experiencia psicológica lo indica claramente: el deseo. Esta es la energía última que mueve todas las dimensiones perecederas del ego. Más allá de la trivialidad carnal (pereza, gula y lujuria), el orgullo es un deseo de no ser humillado, la envidia es un deseo de poseer lo que otros poseen, la cólera, de destruir las amenazas a nuestra propia integridad… Ahora bien ¿existe alguna dimensión psicológica no perecedera del ego, vale decir, ajena al impulso del deseo? Me parece dudoso. Las religiones de la impotencia -es decir, todas las que prometen una salvación- no son ajenas al deseo, ni muchísimo menos… Pongamos el caso del budismo, la religión más sofisticada de todas -a la que incluso Nietzsche alabó como la única religión de los aristócratas-: en su núcleo mismo radica el deseo de que todos los seres alcancen la iluminación. La Compasión como único antídoto, por encima incluso del conocimiento, para vencer los cinco venenos del alma es, en última instancia, un deseo más. Curiosa pirueta conceptual, que evidencia al que quiera verlo sin prejuicios, que los seres humanos no podemos hacer otra cosa que desear…
La pregunta se replantea en los siguientes términos. Implícitamente, todos, incluso los budistas, asumen que es imposible no desear. Deseemos, pues, de manera diferente. Establezcamos jerarquías: arriba, el deseo que va a favor del bienestar de los demás y en contra del nuestro propio (nada tengo en contra del bienestar recíproco), abajo, el deseo de nuestro bienestar incluso -en el peor de los casos- a costa del malestar de los demás. El primero es bueno y consigue, a través del fuego penitencial del altruismo mal entendido, purificar y destruir al segundo. Más allá de las innobles motivaciones que Nietzsche, con quirúrgica precisión, supo entresacar del comportamiento compasivo -la pura voluntad de poder del esclavo revenido en señor-, subyace el rencor impotente hacia uno mismo y su absoluta nulidad. Dos milenios y medio de hipóstasis del horror vacui han terminado creando una inversión de valores (el dolor es bueno, el placer es malo) que nos toca deshacer a nosotros, los caminantes de los senderos zurdos.
Dejemos entonces de espiritualizar, bajo pretextos hipócritas de compasión y amor, lo que no es más que deseo enfermizo nacido de la impotencia (deseo tan ruin que ni siquiera las bacterias y los gusanos lo padecen), y de ensalzar, justamente, el comportamiento contrario de lo que debería ser la verdadera espiritualidad: el deseo de afirmación del ego. Llega el momento de inventar una nueva espiritualidad, una mística del pecado, que cada cual habrá de entender y practicar (sobre todo practicar), a su manera.
Con esto, evidentemente, no hago más que señalar lo evidente… Hasta yo me espanto, en cierta manera, de tener que subrayar y reescribir lo que todos, hasta el más sincero y devoto cristiano, ya sabemos desde el principio. Pero tras mucho analizar la Historia, las religiones y, principalmente, a mí mismo, me doy cuenta de la titánica tarea que supone -si es que es posible en alguna medida- la liberación de este yugo insoportable. Como digo, ahora depende de cada uno aplicar en la práctica este camino espiritual… o, parafraseando a san Mateo “por sus frutos los conoceréis”.
Abortion of the Kathavatthu
For sperm marks the skin, Nirmanakaya
And the skin marks the mind, Sambhogakaya
And the mind marks the soul, Dharmakaya
I waste your flesh to consume your spirit,
Corruption of the Vijnanavada
Dirges that stand the fields of perception
Born the avatar of Kali’s misery
I reach the Adharma-karma
I plunge deeper my flesh into the virgin
The mantra of blood and sodomy
Sarira nirvana unveils the motions profane
And my sin completes the cosmic omen
Arkhon infaustus (Perdition Insanabilis, 2004)



