La alquimia del dolor

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Por Ordep

Para algunas personas, el miedo, la culpa y el castigo son el material con el que está hecha la pesada losa funeraria que les lastra durante toda la vida en eternos bucles de repetición. Es una losa que cargan a su espalda y que, cuando no confunden con la propia condición de estar vivo, intentan ignorar ahogando su dolor en las distracciones de la vida moderna o malgastando sus mermadas fuerzas en la ilusoria búsqueda del elixir de la eterna felicidad.

Hay veces en las que la carga se revela y, ante su horrorosa presencia, algunos responden victimizándose y responsabilizando a los demás de su condena; incluso los hay que intentan destruirla, una y otra vez, dejándose sangre, carne y esquirlas de hueso en la superficie de granito.

Pero los que transitamos el sendero siniestro sabemos que no hay forma de deshacernos de esa losa. Es parte de nosotros y debemos reconocerla, integrarla y utilizarla en nuestro proceso de transformación.

El miedo, la culpa y el castigo son tres momentos de un mismo proceso interior que cursa con dolor y sufrimiento. La capitulación ante el miedo pone en marcha el procedimiento que nos drena energía, a través de la culpa y el castigo, hasta que, con el tiempo y por agotamiento, el sufrimiento acaba cediendo, aunque solo hasta la inevitable próxima ocasión. Es durante este doloroso proceso cuando puede darse la transformación: pasar de desperdiciar nuestras fuerzas en sobrevivir al padecimiento a utilizar el sufrimiento como fuerza impulsora para realizar un acto que compense la capitulación y aprender de nuestro error.

Para rebelarnos contra este dolor, primero debemos mirarlo de frente, reconocerlo e interrogarlo para obtener sentido y comprensión. Al entender el sufrimiento, asumimos nuestra responsabilidad sobre él, aceptamos nuestros límites y debilidades, dejamos de ser víctimas y reconvertimos la energía contenida en el dolor en combustible para nuestra transformación.

No es fácil y no siempre se consigue. A veces no nos bastan las fuerzas para escapar del reconfortante y familiar pozo de la autocompasión, donde el pavor ante la responsabilidad de decidir y actuar, ante lo desconocido que nos aguarda fuera, nos paraliza. La posibilidad de no conseguirlo, de volver a fallar, siempre está ahí, pegada a nuestra sombra, pero es nuestra condición, y el error más grave sería dejar de luchar.

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