Por Ordep
Puede que seas una de esas personas que padecen dolor mental agudo involuntario autoinfligido cuando fracasan en sus expectativas. Si es así, ya es hora de que sepas que nunca te desprenderás de esa capacidad. Está ahí y no se irá. No puedes eliminarla sin destruir una parte de ti mismo, por lo que solo te quedan dos opciones: padecerla o intentar sacar provecho de ella.
La culpa y el castigo aparecen cuando se cede ante el miedo o la vergüenza y se traiciona el deseo lacaniano, prefiriendo la seguridad del yo al riesgo del deseo. Este orienta nuestra existencia, aun cuando no lo comprendamos plenamente, y cuando nos desviamos de él o lo traicionamos debemos pagar el precio. La mala noticia —o quizá no tanto— es que el deseo nunca se satisface por completo. Es precisamente esa insatisfacción la que nos mantiene en movimiento. Saciar definitivamente el deseo supondría nuestro fin, por lo que no nos queda más remedio que aprender a convivir con él.
En el proceso de transformación propio del Sendero de la Mano Izquierda, el deseo permite atravesar las autolimitaciones falsas, heredadas o defensivas, dejándolas atrás para que dejen de mantenernos cautivos y de decidir por nosotros. Sostener el deseo, aun en presencia del miedo y la angustia, es lo que proporciona la fuerza necesaria para atravesar esas limitaciones. Sin deseo, cualquier intento de superarlas se vuelve artificial y acaba reforzándolas.
Por supuesto, como no podía ser de otra manera, no es fácil identificar el propio deseo. Sin embargo, contamos con un aliado inesperado: ese inconfundible dolor mental agudo involuntario autoinfligido que aparece para advertirnos de que nos estamos alejando de la dirección que el deseo señala.



