Lo que no te mata no te hace más fuerte. Notas contra la glorificación del padecimiento

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Kinjo: You can die painlessly or slowly. Choose.
Kirina: I wish to die slowly and with much pain, so I remember what it was to be alive.

Kinjo: Puedes morir sin dolor o lentamente. Elige.
Kirina: Deseo morir lentamente y con mucho dolor, para recordar lo que era estar viva.

El aforismo popular atribuido a Nietzsche que dicta que lo que no mata hace más fuerte ha sido convertido, por la cultura occidental, en un mantra. Se aplica a cualquier aspecto cotidiano de la vida. Se aplica a cada desgracia. Se aplica a la superación personal. Se aplica incluso al dolor más brutal.

El aforismo es falso.

Este aforismo postula una relación de causalidad necesaria entre el padecimiento y el incremento de la competencia. Según esta proposición, aquello que no alcanza a destruir al sujeto contribuye necesariamente a su fortalecimiento. La adversidad funcionaría, así, como un operador de sublimación involuntaria. El golpe como crisol. La herida como umbral de una resiliencia acrecentada.

Dicha proposición merece una inversión sistemática. No por veleidad polémica sino por inexactitud fenomenológica.

Lo que no mata simplemente no mata. Y, en ocasiones, ni siquiera se aspira a la propia supervivencia. Lo que no mata deja secuelas. Lo que no mata mutila. Lo que no mata instala un trauma, un estrago adherido al ser de por vida.

Ninguna de esas circunstancias fortalece en modo alguno. Una pierna rota mal curada no provoca más fuerza: provoca cojera. Un duelo mal elaborado no provoca resiliencia: provoca insomnio y tristeza crónica. Una experiencia violenta no provoca carácter: provoca trastorno de estrés postraumático. La evidencia es patente, no se esconde, es visible. Y, sin embargo, el aforismo sigue repitiéndose como si de una ley natural se tratase.

Se repite porque consuela. Se repite porque ordena el caos. Se repite porque es más sencillo admitir que el sufrimiento nos hará más fuertes que admitir que el sufrimiento es solo sufrimiento. Se repite porque dota de sentido y propósito a algo que carece del mismo. Se repite como una suerte de compensación positiva a algo que se asume como negativo.

El acontecimiento adverso no contiene en su estructura formal ningún principio de superación. El padecimiento padece. No enseña. No templa. No convoca una virtud latente. El padecimiento se limita a instalar una disfunción en la economía del organismo o de la psique, y esa disfunción puede ser resuelta, puede cronificarse o puede expandirse hasta volver inviable la organización preexistente.

Ninguna de esas trayectorias se deduce necesariamente del impacto inicial. La variabilidad de los desenlaces es suficiente para refutar la pretensión de necesidad que el aforismo transporta.

Pero el problema no es el aforismo en sí. El problema es su uso sistemático para silenciar el sufrimiento propio y ajeno. La confusión que sostiene es de orden modal. El autor del aforismo toma una posibilidad (que tras el padecimiento sobrevenga un fortalecimiento) como si fuera una universalidad (que tras todo padecimiento sobreviene un fortalecimiento).

Esa confusión no es un error lógico menor. Es un desmentido de la experiencia común. Es también una máquina de producción de culpabilidad secundaria: aquel que no se siente más fuerte después del golpe debe juzgarse a sí mismo como insuficiente. Su fracaso en transformar el plomo en oro pasa a ser una falta de voluntad o una carencia de carácter.

A esta maquinaria de autoinculpación, las religiones históricas han aportado su propio andamiaje.

El cristianismo elevó el padecimiento a categoría de mérito. El sufrimiento dejó de ser un mero acontecimiento negativo para convertirse en una moneda de cambio en la economía de la salvación. Quien más sufre más cerca estaría de la santidad. Quien más soporta, más alto será su lugar en el reino de los cielos. El sufrimiento así transmutado en virtud produce un efecto paradójico: consuela al mismo tiempo que exige más sufrimiento para seguir mereciendo consuelo.

El budismo popularizó una versión atenuada del mismo mecanismo. El deseo causa sufrimiento, pero el sufrimiento mismo puede ser una vía de desapego. La renuncia forzada por las circunstancias adversas sería así una escuela de liberación.

La misma lógica encuentra hoy una versión secularizada: la filosofía Chill out y la psicología positiva. El imperativo de la felicidad continua.

El discurso dominante ya no promete una recompensa ultraterrena. Promete una recompensa inmanente: el bienestar. La autoestima. La realización personal. Todas ellas presentadas como derechos inalienables cuya ausencia sólo puede explicarse por un fallo del sujeto.

No está permitido estar triste. No está permitido fracasar sin haber fallado. No está permitido atravesar un duelo sin transformarse en una versión mejorada de uno mismo. La tristeza se patologiza. El malestar se medicaliza. La melancolía se convierte en síntoma de una disfunción que hay que corregir con técnicas y con fármacos y con cursos de crecimiento personal.

La industria de la felicidad obligatoria produce objetos. Tazas de Mr. Wonderful que repiten consignas de fortaleza obligatoria. Cuadernos con frases sobre la resiliencia. Calendarios que exhortan a elegir la alegría cada mañana. La mercancía no es inocente. La mercancía normaliza una ética: la del sujeto que debe ser feliz o no ser nada.

El mensaje subyacente es cruel. Quien sufre y no se sobrepone no sólo sufre. Además, malogra. No sólo está en el sufrimiento. Está en falta. No ha sabido gestionar sus emociones. No ha practicado suficiente gratitud. No ha asistido a los talleres necesarios. La responsabilidad del padecimiento recae sobre el que padece.

La psicología positiva se presenta como una suerte de cristianismo sin Dios: la cruz sigue ahí, pero la resurrección se muestra en catálogos.

Esta teología laica produce el mismo efecto paradójico que sus antecesoras religiosas. Consuela al mismo tiempo que exige. Ofrece herramientas, pero también sentencia. Dice «tú puedes», y en el mismo gesto insinúa que si no puedes es por tu culpa.

Todas estas tradiciones y morales laicas coinciden en un punto crucial: transformar el hecho bruto del padecimiento en un relato de sentido. El relato dicta que el dolor no es un sinsentido. El relato dicta que el dolor paga un dividendo invisible. El relato dicta que el que sufre está en realidad invirtiendo en un capital que sólo se hará visible al final del camino (o después de la muerte).

El Sendero de la Mano Izquierda no admite esa operación de crédito espiritual o moral. El Sendero no reconoce ninguna banca celestial donde el sufrimiento depositado genere intereses de fortaleza. El sufrimiento depositado es sufrimiento perdido. No se recupera. No se transforma automáticamente en nada que se parezca a un beneficio.

Lo que se hace después del sufrimiento (el trabajo sobre sus restos) es una tarea del sujeto para consigo mismo. No es una recompensa. No es una reparación. No es un premio a la paciencia.

El Sendero de la Mano Izquierda no exime del trabajo sobre uno mismo. Pero distingue entre el trabajo y la promesa fraudulenta.

La promesa fraudulenta argumenta: sufre y serás recompensado. El trabajo argumenta: el padecimiento ocurrió. En este punto hay que distinguir qué se puede hacer con lo que deriva del mismo. La recompensa no está asegurada. El resultado puede ser nulo. Puede ser peor que nulo. Puede consistir en una simple supervivencia sin gloria ni enseñanza.

Aceptar esta eventualidad es más difícil que adherirse al aforismo o a las teologías del sufrimiento redentor. Porque el aforismo y las teologías ofrecen un relato. Y el relato ordena el caos. Incluso un relato falso ordena mejor que la ausencia de relato.

Pero el Sendero de la Mano Izquierda no tiene por vocación ofrecer consuelo mediante relatos edulcorados. Su vocación es otra: exponer al sujeto a la verdad de su posición sin los filtros de la moral consoladora (sea esta nietzscheana, cristiana, budista o escrita en una taza).

La exactitud de la posición es la siguiente: no existe ninguna entidad cósmica (ni ningún principio inmanente de la evolución espiritual) que garantice la conversión del sufrimiento en ventaja. El sufrimiento es un acontecimiento ciego que afecta sin intención y sin pedagogía.

Lo que se hace con el sufrimiento (elaboración, aprendizaje, transformación, integración, abandono) pertenece a otro orden. Es un trabajo posterior. Es un trabajo que requiere técnica tiempo y una distancia suficiente respecto al propio padecimiento para no confundirse con él.

Ese trabajo puede tener éxito. Puede tener fracaso. Puede tener resultado ambiguo. Pero el éxito no estaba contenido en el sufrimiento. El éxito es una contingencia que depende de variables ajenas al impacto original (recursos subjetivos, contexto asistencial, oportunidad…).

El aforismo de Nietzsche “lo que no mata hace más fuerte”, junto a la fórmula cristiana «Dios no da una cruz mayor de la que se puede llevar», junto al consuelo new age «todo ocurre por algo», comparten una misma estructura: transforman la necesidad (sufro luego algo ocurre) en mérito (sufro luego gano algo).

Esa transformación es un mecanismo de defensa. Nada más. Un mecanismo de defensa que la cultura (religiosa o secular) ha elevado a la categoría de sabiduría práctica.

El Sendero de la Mano Izquierda trata esa diferencia sin la red del optimismo obligatorio (ni su versión religiosa ni su versión secular). Mira la herida sin exigencias de rentabilidad. Reconoce «esto me ha dejado peor» sin que esa confesión sea interpretada como una derrota.

Afirmar que se está peor no es derrotarse. Es describir. Y la descripción precisa es la única base posible para cualquier intervención eficaz sobre uno mismo.

El aforismo de Nietzsche (y sus correlatos morales y religiosos) es el enemigo de esa descripción precisa. Porque exige que el daño sea leído como inversión. Exige que la cicatriz sea leída como ornamento. Esa exigencia es una violencia añadida a la violencia original.

Llegados a este punto, se impone la siguiente cuestión: si el sufrimiento no fortalece, si no genera competencias y si no es una inversión rentable ni un mérito espiritual, ¿qué lugar ocupa en la vida? La respuesta es simple y a la vez desagradable para cualquier moral positivista. El sufrimiento ocupa el lugar que le corresponde. El lugar de una experiencia más entre otras. No mejor. No peor. Más intensa, tal vez.

La cultura de la felicidad obligatoria ha inoculado el terror a la tristeza. Se ha instalado la convicción de que sentir dolor psíquico equivale a fracasar. Se ha difundido el mandato de “superarlo” cuanto antes. Se ha convertido el duelo en una enfermedad a erradicar con técnicas, fármacos y talleres de resiliencia. Esta operación produce un efecto perverso. El sujeto no sólo sufre. Además, se juzga por sufrir. No sólo está en el malestar. Está en falta por permanecer en él. Y ninguna moral que prohíba la tristeza merece el nombre de sabiduría. La tristeza no es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando sin anestesia, sin sentencias y sin maquillaje.

Las emociones consideradas negativas cumplen una función que la psicología positiva ha preferido ignorar. Informan. Señalan un desajuste. Indican una pérdida. Marcan un límite. Quien no siente tristeza ante una pérdida no está en paz: está disociado. Quien no siente miedo ante un peligro no es valiente: es insensato. Quien no siente rabia ante una injusticia no es paciente: es un sujeto cuya percepción de lo real ha sido intervenida.

Sentirse triste no es fracasar. Es estar vivo. Sentirse abatido no es una derrota. Es constatar que algo relevante se ha roto. Permitirse esa sensación sin prisa por cancelarla constituye un acto de honestidad. Un acto que ninguna taza de Mr. Wonderful puede emular.

He aquí el núcleo de la cuestión: la vida no es un producto. No exige felicidad continua. No reclama una sonrisa permanente como prueba de funcionamiento. La vida es una sucesión de estados. Algunos agradables. Otros neutros. Algunos profundamente desagradables. Eliminar estos últimos no perfecciona la vida. La empobrece. Porque el contraste es la condición de posibilidad de la percepción. Sin noche no hay día. Sin hambre no hay saciedad. Sin tristeza la alegría se vuelve indistinguible de la mera ausencia de sufrimiento.

Existe una verdad poco atractiva que ninguna filosofía del bienestar ha sabido articular sin traicionar su esencia. La verdad es que ciertas personas eligen el dolor. No por sadismo. No por patología. No por una interpretación errónea de lo que conviene a su salud mental. Eligen el dolor porque el dolor es la garantía de que el instante será un instante sentido. Un instante donde el límite no será un apagón anestesiado sino una experiencia cabalmente vivida. Una experiencia tan real como cualquier otra que la vida haya ofrecido.

No se trata de buscar el sufrimiento por el sufrimiento. Se trata de no intercambiar la intensidad por la comodidad. Se trata de preferir una vida con cicatrices a una vida sin marcas. Se trata de saber que una existencia protegida de todo roce se parece demasiado a la muerte como para confundirla con la vida verdadera.

El Sendero de la Mano Izquierda no prescribe esta elección. La expone. Describe al sujeto que prefiere sentir. Describe al sujeto que rechaza el consuelo de la anestesia porque sabe que la anestesia es un aplazamiento de lo real. Describe al sujeto que ha comprendido una paradoja esencial: el sufrimiento no es el enemigo de la vitalidad. Es una de sus formas más crudas.

Por ello la tristeza y el sufrimiento deben ser permitidos. No deben ser medicalizados. No deben ser acallados con frases de autoayuda. No deben ser transformados en problemas técnico que una aplicación puede resolver. La tristeza debe ser habitada. Atravesada. Escuchada. La tristeza permite algo que ninguna felicidad programada puede permitir. Permite el peso de lo real. Permite el acceso a la densidad del vínculo perdido. Permite percibir la magnitud de lo que importaba. Permitirse estar triste es un acto de valentía en una época que ha convertido la sonrisa en un uniforme: una felicidad obligatoria en régimen totalitario de baja intensidad.

El Sendero de la Mano Izquierda no exige felicidad. Exige honestidad. Y la honestidad consiste en admitir que el sufrimiento forma parte del pasaje vital. Que no es un error. Que no es un castigo. Que no es un regalo disfrazado. Que es simplemente un componente de la existencia. Un componente que puede ser trabajado. Puede ser soportado. Puede ser integrado. Puede ser dejado de lado. Pero nunca será eliminado sin eliminar al mismo tiempo algo de la propia humanidad. El que pretende una vida sin sufrimiento no busca la felicidad. Busca la hibernación.

Lo que permanece después del sufrimiento no es una recompensa. No es un premio. No es una medalla que la vida concede a quien ha soportado con estoicismo. Es simplemente el sujeto transformado por lo que ha atravesado. Las experiencias agradables lo construyeron en una dirección. Las experiencias desagradables lo construyeron en otra. No hay una tercera vía. No hay un sujeto previo a sus vivencias.

Quien ha perdido un ser querido no es la misma persona que antes de la pérdida. Quien ha sobrevivido a una enfermedad grave no es el mismo que entró en la sala de hospital. Quien ha sido abandonado no es el mismo que confiaba la víspera. No se trata de una mejora. No se trata de un empeoramiento. Se trata de una modificación. La materia subjetiva se ha reorganizado. Algunas fibras se han roto. Otras se han fortalecido. La mayoría simplemente ha cambiado de lugar.

Sin esas vivencias el sujeto sería otro. No mejor. No peor. Otro. Un desconocido que ocupa el mismo nombre y el mismo cuerpo pero que no ha pasado por donde este ha pasado. No se es a pesar de lo vivido. Se es gracias a lo vivido. Lo bueno y lo malo. Lo elegido y lo padecido.

Reconocer esta dependencia no es convertir el sufrimiento en virtud. No es agradecer el golpe. No es firmar el contrato fraudulento que las religiones y el aforismo de Nietzsche ofrecen. Es simplemente constatar un hecho: el sujeto es su historia. No una esencia inmutable. No un alma que atraviesa las experiencias sin mancharse. Es el resultado de lo que le ha ocurrido y de lo que ha hecho con ello. Nada más. Nada menos.

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