Individualismo Vs Colectivismo en el cine: Red Rooms como reflejo del locus de control interno y externo

RED ROOMS

Red Rooms, de Pascal Plante, no se ofrece como relato ni como el thriller que promete al espectador. Se impone como dispositivo. No narra: divide. No explica: expone. No hay centro compartido. No hay comunidad posible. Hay proximidad. Pero no hay coincidencia.

El eje argumental gira en torno a dos figuras con un mismo punto de fijación. Dos trayectorias dicotómicas que se cruzan bajo el hilo del juicio de un asesino en serie. Lo que en un principio se presenta como la historia de una causa jurídica, termina por ofrecer el enfrentamiento de dos personalidades totalmente antagonistas que no se reduce a una mera diferencia de temperamento, sino que remite a dos configuraciones de personalidad que, aun sin cristalizar en diagnósticos cerrados, sí permiten una lectura relativamente precisa en términos clínicos y estructurales.

Kelly-Anne, una modelo económicamente más que solvente, refleja un patrón de rasgos anancásticos, próximos a la personalidad obsesivo-compulsiva. Sin embargo, esta caracterización resulta insuficiente si se la limita a los tópicos habituales de orden, perfeccionismo o rigidez moral. En este caso, dichos rasgos aparecen despojados de su dimensión normativa y rearticulados en torno a una lógica de autosuficiencia radical. Lo que define su posición no es la adhesión a reglas externas, sino la clausura de toda instancia de validación ajena. Su conducta no se orienta hacia el reconocimiento, ni hacia la reciprocidad, ni hacia la inteligibilidad social. Se sostiene desde un locus de control marcadamente interno, donde la acción encuentra su justificación en su propia ejecución y no en su inscripción en un campo compartido.

Este desplazamiento permite leer su figura en clave de individualismo radical, en sintonía con ciertas corrientes del LHP, donde la afirmación del sujeto pasa por la negación de toda dependencia estructural respecto al entorno. No hay aquí búsqueda de pertenencia, ni de integración, ni de retorno simbólico. Cada acto se agota en sí mismo. Cada decisión se afirma sin necesidad de mediación. La identidad no se construye en relación, sino que se ejerce como una forma de soberanía operativa.

En contraposición, Clementine, una joven proveniente del entorno rural, se inscribe con mayor claridad en un registro de rasgos histriónicos, con un componente dependiente que determina su funcionamiento. Su implicación en el caso jurídico no carece de intensidad, pero dicha intensidad se encuentra estructuralmente mediada por la necesidad de ser percibida, reconocida y, en última instancia, validada. Su locus de control tiende hacia lo externo: la consistencia de sus actos no se agota en su realización, sino que requiere una devolución, una inscripción en la mirada de los otros que confirme su posición.

Lejos de tratarse de una superficialidad banal, esta orientación revela una forma de sujeción al entramado colectivo. Sus gestos se inscriben en una lógica de intercambio donde el dar implica siempre la expectativa, explícita o no, de una respuesta. La experiencia no se basta a sí misma. Necesita circular, ser narrada, compartida y devuelta. En este sentido, su figura encarna una modalidad de colectivismo afectivo, donde la identidad se configura en función del reconocimiento externo y donde la acción queda abierta a una cadena de retornos que nunca se clausura del todo.

La contraposición entre ambas no articula un juicio moral, pero sí establece una asimetría clara en términos de autonomía. Mientras una se constituye desde la autosuficiencia y el cierre, la otra permanece atravesada por la necesidad de inscripción y respuesta.

Este posicionamiento encuentra un correlato especialmente elocuente en un gesto concreto. El hecho de dormir en la calle. En el caso de Kelly-Anne, no como consecuencia de una carencia, sino como decisión. Como suspensión deliberada de las condiciones materiales que, en principio, la sitúan en un lugar de privilegio. No hay aquí búsqueda de experiencia ni voluntad de aproximación empática. Hay reducción. Reducción de estímulos. Reducción de mediaciones. Reducción de toda marca que pueda inscribirla en un circuito social reconocible. Dormir en la calle opera como una forma de desposesión voluntaria, un acto que niega la necesidad de sostener una imagen, de habitar un rol, de responder a una expectativa. Se trata de un gesto coherente con un locus de control interno llevado a su extremo: la capacidad de sustraerse incluso a aquello que se posee.

En contraste, Clementine ocupa ese mismo espacio, lo hace desde una lógica completamente distinta. No hay elección, sino imposición. No hay suspensión, sino exposición. La calle no es aquí un ejercicio de soberanía, sino la evidencia de una dependencia estructural de las condiciones externas. El mismo escenario, por tanto, no iguala, sino que intensifica la distancia entre ambas. En una, la intemperie es afirmación. En la otra, es consecuencia.

Esta divergencia se prolonga, sin necesidad de explicitación narrativa, en la resolución del caso que ambas persiguen. Allí donde la figura individualista empuja su implicación hasta un punto de no retorno, asumiendo la destrucción de toda forma de capital social (dinero, trabajo, imagen) a favor de un objetivo que no admite negociación, la otra permanece dentro de los márgenes de lo socialmente recuperable. No hay en ella sacrificio estructural, sino una continuidad en la lógica de la visibilidad. Su recorrido no culmina en una pérdida, sino en una ganancia: la atención, el reconocimiento y la inscripción en el relato colectivo. Dos desenlaces que no se oponen en términos de éxito o fracaso, sino en términos de lo que cada una está dispuesta, o no, a poner en juego.

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