La obra de Sade es leída con frecuencia como un catálogo de excesos. Se la reduce a su contenido escandaloso. Se la presenta como un manual de perversión destinado al lector clandestino y, muchas veces, avergonzado.
Esa lectura es un error.
Sade no es un pornógrafo. Sade es un moralista. Un moralista que ha comprendido algo que la tradición kantiana no supo admitir. La ley no procede del cielo. No procede de la razón universal. No procede de ningún contrato social bien articulado. La ley procede de la naturaleza. Y la naturaleza es cruel.
El planteamiento sadiano parte de una observación sencilla y devastadora a su vez. La naturaleza no persigue el bienestar de los individuos. La naturaleza persigue su propio movimiento. Devora a unas especies para alimentar a otras. Prolonga unas vidas a costa de acortar otras. No conoce la justicia. No conoce la compasión. No conoce ninguna de las virtudes que las morales tradicionales han canonizado. La naturaleza no es una madre generosa. Es una máquina indiferente.
Si la naturaleza es el fundamento de toda ley posible, y si la naturaleza es cruel, entonces la crueldad no puede ser un desvío de la moral. La crueldad es la moral. O, al menos, su expresión más sincera.
Sade no inventa esta proposición. La extrae de la observación empírica. La extrae de la guerra. La extrae de la enfermedad. La extrae de la cadena alimentaria. La extrae de la historia humana, que es una sucesión ininterrumpida de violencias con breves interrupciones dedicadas a imaginar que la violencia puede ser erradicada.
He aquí el ateísmo sadiano. No es una postura teórica. No es un lujo intelectual. Es una consecuencia necesaria de su punto de partida. Si la naturaleza es cruel, no puede haber un dios bondadoso que la haya diseñado. Si existe un dios, ese dios es tan cruel como la naturaleza. No merece adoración. Merece un análisis frío de sus procedimientos. Sade no blasfema. Constata. Porque la blasfemia es para quienes todavía creen.
El imperativo categórico sadiano se formula con una sencillez que ninguna nota al pie puede oscurecer. Goza. No midas el goce. No lo limites. No le pidas permiso a ninguna instancia trascendente o social. Goza hasta que el goce se vuelva idéntico al dolor o el dolor se vuelva indistinguible del goce.
Gozar no es obtener placer. Gozar es traspasar el umbral donde el placer deja de ser placer y se convierte en otra cosa. Esa otra cosa no tiene nombre en los diccionarios de las éticas convencionales. Sade la nombra como puede: crimen, tortura, humillación, profanación. No son fines en sí mismos. Son medios para alcanzar la intensidad máxima.
El libertino sadiano no es un hedonista vulgar. El hedonista busca el placer y evita el dolor. El libertino sadiano busca el exceso. El exceso duele. Exige resistencia. Exige entrenamiento. Exige una disposición a convertir el cuerpo en campo de pruebas sin otro objetivo que la propia prueba. El libertino de Sade no es un epicúreo. Es un atleta de lo insoportable.
En este punto surge una paradoja que se pasa por alto. La ética sadiana no es una ética de la espontaneidad. No es un “haz lo que quieras” sin más consecuencias. El sistema de Sade es rígido. Exige método. Exige registro. Exige una frialdad clínica en la ejecución del gesto cruel. Exige crueldad sin ira. Exige violencia sin odio. Exige que el verdugo no se deje llevar por la pasión, sino que siga un plan trazado de antemano.
El verdugo de Sade se acerca al cirujano y se aleja del agresor. No actúa cegado por el furor. Actúa con precisión. Sabe dónde cortar. Sabe cuánto dolor producir sin que el objeto de su goce sucumba antes de tiempo. Sabe que el goce dura lo que dura el control. El descontrol destruye el goce.
Esta rigidez emparenta al libertino sadiano con la figura más inesperada: el asceta. El asceta se somete a una disciplina rigurosa para alcanzar un estado de pureza espiritual. El libertino se somete a una disciplina igualmente rigurosa para alcanzar un estado de intensidad carnal. Ambos desprecian el placer fácil. Ambos exigen de sí mismos un trabajo que el resto consideraría insoportable. Ambos construyen un sistema. La diferencia es el objetivo. La diferencia es el dios al que sirven.
El libertino no sirve a ningún dios. Sade no sirve salvo a sí mismo. Ese es el núcleo de su propuesta. Una moral sin coartada trascendente. Una ley que no depende de ninguna autoridad exterior. Un mandato que el sujeto se da a sí mismo porque ha comprendido que el universo no le dará ninguno. El imperativo sadiano no necesita fundamento. El fundamento es el propio gesto.
La naturaleza no tiene plan. La naturaleza no tiene propósito. La naturaleza no debe nada.
Esa constatación puede conducir al nihilismo. Puede conducir a la desesperación. Pero Sade demostró que también puede conducir a una ética. Una ética sin consuelo. Una ética sin promesas. Una ética donde el único horizonte es el propio cuerpo y el único mandamiento es gozar sin pedir perdón.
Sade no ofrece hedonismo. Ofrece honestidad.



