El pasaje del dolor

El pasaje del dolor

Por Ordep

Es un gigantesco y laberíntico intestino, viscoso, sofocante y fétido, plagado de apéndices y oquedades, donde tú eres lo único vivo. A veces caes en él sin darte cuenta; otras, te resistes en la entrada hasta que te quedas sin fuerzas o alguien te empuja. Una vez dentro no hay vuelta atrás. La válvula se cierra y cuando, agotado de golpear el esfínter, te das la vuelta, ante ti se revela el interior de un infinito órgano tubular anaranjado, apenas iluminado por la luz que lo atraviesa desde el exterior.

Mientras empiezas a avanzar penosamente, hundiendo tus pies en la mucosa, a través de resbaladizos pliegues ondulantes, te compadeces a ti mismo y odias a quien te ha empujado aquí, negando con todas tus fuerzas tu parte de responsabilidad.

Pronto te arrepientes de las oportunidades perdidas, los actos no cometidos, de haber sucumbido al miedo y la pereza. Cada recuerdo de esos momentos te martiriza como una gruesa aguja al rojo vivo que te atraviesa desde el cerebro hasta el corazón.

El aire viciado atenaza tus pulmones e irrita tus entrañas. El dolor lacerante aumenta de intensidad a medida que tu nivel de tolerancia crece. Solo cede para impedir que te desmayes, te aferras con culpa a ese breve alivio sabiendo que es el preludio de una nueva oleada de dolor.

Vomitas, orinas y defecas entre pólipos y vellosidades, duermes sobre el irritante limo que cubre el suelo cavernoso. Cuando no puedes soportar más el hambre, arrancas de las paredes restos putrefactos de carne y epitelio que tragas entre arcadas mientras la bilis te abrasa la garganta.

No hay día ni noche. Siempre la misma abominable iluminación. Deambulas delirando hasta caer agotado, ansiando las pesadillas que te liberarán fugazmente de esta insoportable realidad.

En algunas partes, el grosor del tejido de la pared te permite oír las risas del exterior. La envidia te corroe y los odias, ¿por qué están fuera? Una vez, suplicaste ayuda a gritos, intentaste atravesar con las manos la elástica carne, pero te golpearon sin piedad a través del tejido intestinal mientras aumentaba su insana algarabía.

Te pierdes incontables veces en apéndices ciegos. Algunos albergan espectros gaseosos que te envuelven en halos de nostalgia y vergüenza; en otros, hallas macabras distracciones. Babeas embobado ante teatros de marionetas de carne y materia fecal, olvidas por un instante dónde estás, pero la ilusión dura poco, vuelves a la hedionda realidad y duele, duele, más que antes.

Encuentras un cuerpo podrido, postrado ante una tumoración inflamada. Te reconoces. Descubres que ya has estado aquí. Sabes que este es tu sitio, ahora recuerdas que has pasado la mayor parte de tu vida aquí y cómo, estando fuera, esto no te parecía más que el remoto eco de una pesadilla. Comprendes que esto es lo eternamente real y lloras.

Deseas estar muerto, pero tu sádica voluntad de vivir y sufrir no te abandona. Te abruma la certeza de que solo tú podrás sacarte de aquí, puede ser que lo logres, que salgas al exterior, recompongas tus restos y cojas aire, pero las cicatrices permanecerán. Tal vez fuera no sea lo que esperas pero debes aprovecharlo, habrá más pasajes que atravesar y debes disfrutar de ese momento.

No hay justicia ni injusticia, ni bien ni mal, ya no buscas darle un sentido a esta perversión. Simplemente estás aquí envuelto en un miasma de abnegada aceptación, al menos esto no duele.

Tu brazo derecho no ha soportado más gangrena, los ligamentos, tendones y músculos de tu hombro se han desgarrado, tu brazo yace en el suelo como una hinchada babosa púrpura y negra. Como un animal desquiciado arrancas con los dientes la pútrida carne que envuelve el húmero, la notas blanda, húmeda y agria. Ante ti, por fin, queda expuesto el amarillento hueso, manchado de sangre coagulada y fluidos.

Logras partirlo. Las astillas de hueso se clavan en la carne viva de las plantas de tus pies. Has conseguido una herramienta pero no puedes escapar. El dolor de las laceraciones infectadas que cubren tu brazo izquierdo te impide manejarla con la fuerza necesaria para atravesar la pared intestinal. No lloras ni ríes, decides aprovechar el tiempo que te queda hasta tu descomposición en escribir esto rasgando la pared de carne, como advertencia o castigo. Tal vez lo encuentres cuando vuelvas al pasaje.

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