Rebelión en la Orden: La Batalla de Blythe Road

Rosy Cross of the Golden Dawn

La presente historia es, muy posiblemente, una de las anécdotas más curiosas del archivo esotérico. En ella convergen un futuro premio Nobel anacástico, un futuro gran mago histriónico y una orden altamente jerárquica sin mucho futuro: la Golden Dawn.

¿Qué es la Golden Dawn?

La Orden Hermética de la Golden Dawn fue una sociedad secreta fundada en Londres el 1 de marzo de 1888 por William Wynn Westcott, Samuel Liddell MacGregor Mathers y William Robert Woodman. Se organizaba en grados iniciáticos jerarquizados, estructurados según el Árbol de la Vida cabalístico, y se dedicaba al estudio y la práctica de la magia ceremonial, la cábala, la astrología, el tarot y la alquimia. Su objetivo declarado era recuperar y practicar los antiguos misterios occidentales, combinando elementos de la tradición rosacruz, la masonería y el hermetismo.

Su estructura interna reproducía el modelo de las órdenes iniciáticas europeas. Había un Templo exterior, con grados que iban del Neófito al Adeptus Minor, y un Segundo Orden interno, reservado a quienes demostraban aptitud y compromiso. El sistema de grados no era meramente honorífico. Cada nivel exigía el estudio de textos específicos, la memorización de rituales, la práctica de meditaciones y la superación de arduas evaluaciones. La progresión no era automática. Dependía del trabajo personal y, sobre todo, del inapelable criterio de los priores.

Entre sus miembros se encontraron figuras de notable relevancia cultural de la época: el poeta y premio nobel William Butler Yeats (que ingresó en 1890 y alcanzó el círculo interno en 1893), el escritor Arthur Machen (perteneciente al Círculo de Lovecraft), la actriz Florence Farr (que llegó a dirigir el templo londinense), la heredera Annie Horniman (principal benefactora económica de la orden), la artista Pamela Colman Smith (ilustradora del tarot Rider-Waite) y, por supuesto, y como no puede ser de otra forma, Aleister Crowley, que se uniría en 1898 y el cual no necesita presentación.

La orden fue pionera en admitir mujeres en igualdad de condiciones, algo inusual en las sociedades iniciáticas del momento y hasta el momento. Florence Farr, Moina Bergson (hermana del filósofo Henri Bergson) y Annie Horniman ocuparon puestos de responsabilidad que ninguna mujer habría alcanzado en la masonería regular de entonces.

Durante la década de 1890, la Golden Dawn floreció. Se abrieron templos en Londres, Edimburgo, París y varias ciudades provinciales. La orden atrajo a artistas, escritores y miembros de la clase media ilustrada que buscaban una espiritualidad alternativa al cristianismo dogmático. Pero ese crecimiento también trajo tensiones. Las luchas por el poder, las diferencias doctrinales y los conflictos personales comenzaron a erosionar la unidad de la organización. A finales del siglo XIX, la Golden Dawn entró en un proceso de fractura interna que culminaría en su disolución. El episodio más conocido de esa crisis es, precisamente, La Batalla de Blythe Road.

El origen del conflicto

Crowley se unió a la Golden Dawn en octubre de 1898. Tenía veintitrés años. Acababa de abandonar sus estudios en Cambridge y había pasado los meses anteriores absorbiendo y estudiando con escrupulosa meticulosidad todo lo que caía en sus manos sobre ocultismo. Su entrada en la orden fue rápida. Su progresión, también. Bajo la tutela de Allan Bennett, un mago experto en cábala y química, avanzó por los grados del Templo exterior con una velocidad que despertó recelos.

Pero a Crowley se le negó el acceso al Segundo Orden. La razón oficial era su falta de preparación. La razón real, según todas las fuentes, era otra. Varios miembros conservadores lo detestaban por su bisexualidad abierta, su libertinaje y su actitud provocadora. Crowley no disimulaba. Vestía de forma excéntrica, hablaba sin filtro, se jactaba de sus conquistas sexuales, tanto con hombres como con mujeres, y sobrepasaba en mucho lo políticamente correcto. En el ambiente victoriano tardío de la orden, aquello era inadmisible.

William Butler Yeats, poeta y dramaturgo irlandés y futuro premio Nobel de literatura, que ya era un miembro respetado de la orden, se convirtió en uno de los principales opositores de Crowley. No se trataba de una enemistad personal en su origen. Se trataba de una incompatibilidad de temperamentos. Yeats era ceremonioso, diplomático, metódico y cuidadoso con las formas y el protocolo. Crowley era despectivo con las convenciones, irreverente, explosivo, caótico y poco dado a lo convencional. El poeta irlandés veía en el joven Crowley una amenaza para la estabilidad de la orden. El joven Crowley veía en Yeats un obstáculo para su ascenso.

La tensión estalló cuando MacGregor Mathers, el líder de la orden, entró en conflicto con los miembros de la sede de Londres. Mathers llevaba años ausente, instalado en París, y gobernaba la orden por correspondencia. Los miembros londinenses, liderados por Florence Farr y Annie Horniman, consideraban su autoridad cada vez más arbitraria y sus demandas económicas insostenibles. Algunos miembros de la Golden Dawn apoyaban a Mathers, y otros defendían a Farr y Horniman. Bajo estas circunstancias, se mascaba la tragedia.

Crowley se posicionó del lado de Mathers. No por convicción doctrinal sino por lealtad personal. Mathers había sido su mentor, su introductor en el estudio del ocultismo, la figura que le había dado acceso al conocimiento de textos y rituales. Cuando Mathers le pidió que fuera a Londres a recuperar el control del templo, Crowley aceptó.

La Batalla de Blythe Road (1900)

Crowley se presentó en la sede de la Golden Dawn en Blythe Road, Londres, para apoyar y defender a su mentor. Lo hizo con sus mejores galas, como buen exhibicionista que era. Ataviado con un kilt escocés (en los que la ropa interior es una prenda desconocida), una cruz negra de cruzado en el pecho, una daga al cinto y un cuchillo en la rodilla irrumpió en la sede de Londres haciendo aspavientos en los que representaba gestualmente el signo del pentáculo invertido y gritando maldiciones mientras subía las escaleras.

La escena fue teatral a la par que lamentable. Crowley creía estar ejecutando una operación mágica de alto nivel. Los miembros que se encontraban dentro del templo que lo vieron entrar no entendieron, al principio, qué ocurría: un joven disfrazado de cruzado hablando un idioma ininteligible, realizando extrañas gesticulaciones y mostrando sus credenciales bajo el kilt escocés a todo aquel que tuviese la triste fortuna de contemplarlo desde abajo.

Yeats y otros dos miembros, alertados y entendiendo lo que estaba ocurriendo, salieron a su encuentro.

Así comenzó la batalla: Yeat, en la parte superior de la escalera, intentaba parar a Crowley con el arma más potente que dominaba: la magia. Crowley, sorprendido y afrentado por el inesperado ataque, contraatacó con otra arma más poderosa aun: más magia.

De este modo, se produjo un intercambio de conjuros y maldiciones verbales que, según las crónicas, no surtieron efecto alguno. Crowley invocaba entidades. Yeats respondía con fórmulas de destierro. Ninguno de los dos cedía. Los espectadores contemplaban una escena de dos hombres en una escalera haciendo extravagantes y exagerados gestos mientras articulaban palabras de un desconocido (y muy posiblemente inexistente) idioma extraño y misterioso.

Dado que ningún efecto mágico terminaba de derrotar a su adversario, el poeta perdió la paciencia, dejó de recitar y ejecutó una estrategia poco poética: le propinó una patada en el pecho a Crowley, quien rodó escaleras abajo.

El episodio pasó a la historia como la Batalla de Blythe Road. Aunque, en realidad, poco ostentaba de batalla y mucho de vulgar y burda reyerta.

La orden más prestigiosa del ocultismo occidental había terminado su cisma a patadas en una escalera.

Las consecuencias

La derrota fue humillante y definitiva para Crowley dentro de la Golden Dawn. Mathers perdió el juicio por el control del templo, y Crowley quedó como un paria para la facción vencedora.

La orden se fracturó y terminó disolviéndose años después. De sus cenizas surgieron varias órdenes sucesoras, entre ellas Thelema y el Argenteum Astrum (A∴A.), fundado por el propio Crowley, y el Stella Matutina, creada por los seguidores de Yeats y Farr.

Crowley nunca olvidó la humillación. En sus escritos posteriores se refirió a Yeats con desdén, calificándolo de poeta mediocre y mago incompetente. Yeats, por su parte, rara vez mencionó el incidente. Para él, Crowley era un episodio desagradable que convenía enterrar.

La rivalidad entre ambos, sin embargo, trascendió lo personal. En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Crowley usó su antiguo vínculo con Yeats para intentar convencer a un periodista alemán-estadounidense de que era un nacionalista irlandés y así infiltrarse en una red de operativos alemanes en Nueva York. No hay evidencia de que Yeats participara en esa operación ni de que supiera algo de ella. Pero el episodio demuestra que Crowley seguía pensando en él años después, y que su rencor no se había extinguido de modo completo.

Apunte final

La Batalla de Blythe Road es más que una anécdota curiosa en la historia del ocultismo. Es el síntoma de una crisis más profunda. La Golden Dawn había intentado construir un templo de conocimiento esotérico en un mundo que ya no creía en templos. Sus miembros eran intelectuales, poetas, artistas y buscadores que no compartían una doctrina única, sino una insatisfacción común con las religiones establecidas.

Cuando esa insatisfacción se organizó en jerarquías, grados, rituales y templos reprodujo los mismos conflictos de poder que cualquier institución humana. La magia no eliminó la política. La espiritualidad no eliminó el ego. Fue una orden más dando órdenes, que aspiraba a trascender el mundo y terminó peleando en una escalera por el control de un inmueble.

Crowley, el provocador, el excéntrico, el hombre que se creía destinado a algo grande, fue expulsado de la única orden que podía haberle dado legitimidad. Yeats, el poeta respetable, el diplomático, el futuro premio Nobel, se vio obligado a patear a un hombre para defender su templo. Ninguno de los dos salió ileso. La Golden Dawn tampoco.

La Golden Dawn quiso ser un templo, una institución seria en la que compartir conocimientos y librarse de las ataduras teológicas altamente instauradas en la época. Pero terminó siendo un campo de batalla bochornoso, una reyerta de recreo de colegio, una confrontación propia de beodos salidos de cualquier taberna de turno. Aunque lo más lamentable es que, quizás, la patada de Yeats fue el acto más honesto que presenció jamás la orden.

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